Empiezo a escribir, sin darme cuenta, aunque no sea lo mío,
porque no me di ni cuenta cuando me enamoré y aunque no fuera lo mío, así
sucedió.
Escribir es más demente que enamorarse, dicen, y sin embargo
empiezo a escribir, sin darme cuenta…
Este arte no es mi área, escribir no es siquiera cercano a
mi área, no soy artista, ni mucho menos intelectual, no me ando con rodeos,
toda mi vida trabajé con las matemáticas, es más fácil, ellas no hacen
preguntas, ellas solucionan en función de lo que se les pide, no se enrollan,
no sienten, no piensan y sin embargo funcionan cómo si estuviesen vivas y con
ellas no tengo problemas; no tenía problemas.
Bueno les cuento mi rollo, ya les dije, me enamoré, pero no
fue un amor cualquiera, fue un amor intenso que me hizo cambiar, un amor poco
común. Me enamoré y por eso hoy día, escribo y sin siquiera darme cuenta…
Hace un tiempo, empecé a estudiar a los animales, quería proponer
una nueva teoría, una, que nadie había pensado antes, tal vez encontrar el
nuevo esquema para entender el número pi o en una de esas encontrar una teoría
que pudiese llegar a producir más revuelo que la mismísima teoría del caos, no
importa ya, nunca lo sabré y ustedes tampoco, porque ya no tiene sentido hablar
de ella.
Digo de ella, porque tuve en mis manos una teoría…
Digo de ella, porque tuve en mis manos una teoría…
La cosa, es que estudiaba yo, mayoritariamente, a los
insectos, más aún, a la libélula. Su conformación corporal y su perfección en
las alas, la volvían el eje de mi estudio y mi nueva teoría.
Fui a miles de museos, leí, leí, leí y leí, libros de
matemáticas, libros sobre la libélula, sobre cuánto pesa, sobre cuanto mide,
sobre qué come, sobre cómo se reproduce, me encerré a leer por meses, la
investigación iba bien y estaba a punto de sacar adelante mi teoría.
Fue tanto lo que me
convencí de que lo tenía, que dejé de ir a la universidad -¿Qué importa?-
pensaba- total, voy a ser un genio…
Me creció el pelo y mi barba estaba casi al punto en el que
parecía un viejo pascuero y con los días empecé a olvidar ducharme, incluso uno
que otro día estoy seguro de que olvidé comer. Había que entender cada
milisegundo de la evolución de la libélula y analizarla matemáticamente, no
había tiempo para comer. Estaba seguro de que ganaría todo concurso, de que
sería el próximo Einstein, pero más importante descubriría uno de los mitos de
la naturaleza, explicaría matemáticamente esas cosas que nadie era capaz de
entender.
Llegó el día en que mi teoría estuvo lista para ser
presentada, tenía que ver con el movimiento de las alas, con el vuelo de la
libélula.
Primero quise la
aprobación de un hombre a quién admiraba y que me era cercano, el profesor
Roberto. Él era el más cercano a los alumnos, siempre disponible, siempre
listo, siempre apoyaba esta clase de proyectos.
Al profe Roberto lo había conocido en la universidad y él me
había dicho una vez que la pasión que tenía por las cosas y mi leve grado
obsesivo, me llevarían al éxito, sin duda.
Lo llamé, se sorprendió al saber que era yo, me recriminó no
haberle llamado antes y me dijo que la universidad no se dejaba sin dar aviso
de aquello, algo enojado lo sentí, y dijo no entender la poca responsabilidad, de
todos modos quedamos en reunirnos.
En un café que quedaba por ahí por Colón con Tobalaba, ni
siquiera recuerdo el nombre del café.
Recuerdo que salir de mi escritorio fue extraño, cómo si
dejase atrás algo muy importante, algo así como dejar la cuna. Me duché, me
afeité mi larga barba, que a esas alturas, tuve que cortar con tijeras, me puse
algo de desodorante y un poco de colonia, busqué ropa, que no fueran los
cómodos calzoncillos que había usado los últimos 5 meses y salí.
Bueno y les cuento mi problema, y para aquellas mujeres que no crean que
nosotros los hombres también somos capaces de sentir o de enamorarnos a primera
vista, les cuento que sí, somos totalmente capaces, de sentir amor y de llorar
y de actuar sin pensar, lamentablemente, somos capaces.
Salí de mi casa, decidido, repasando una y otra vez cómo le
presentaría mi teoría al profe Roberto, primero de tantos a quiénes presentaría
después.
Al salir, me
azotó la luz del día en los ojos, encandilando hasta mi cerebro, había olvidado
el ruido de los autos por lo que el miedo me invadió al escuchar el rugido de
éstas máquinas endemoniadas y había olvidado que la gente es derechamente
antipática, no sólo te miran feo, son antipáticos; los edificios me parecieron
enormes cómo monstruos grisáceos y la calle parecía que se derretía con el sol.
Antes de subir al metro quise sentarme en una plaza, quise
sentir el pasto en mis pies, era de las cosas que más echaba de menos.
He aquí que apareció campante mi problema…
Cómo nadie lo había llamado, o tal vez cómo había sido
llamado por meses, se dio la libertad de aparecer sin mínimo aviso.
Así apareció ella volando lentamente hacia mí, tanto de ella
sabía y sin embargo todo lo había olvidado,
cómo movía sus alitas, con
rapidez y con tanta elegancia. Pasa que en los museos no alcanzas a ver la
vida, en los libros es imposible encontrar esa chispita de luz, ese reflejo que
se produce en sus alas.
Se posó
entonces, esa pequeña libélula en mi carpeta de presentación, y sin darme
cuenta me enamoré, profundamente, olvidé todas las cifras, todos los números y
me enamoré, me enamoré de ella, de esas alitas campantes que a diferencia de en
mis libros o de mis museos se movían.
Me enamoré de ella, me enamoré de la vida que traía y me
hizo botar a la basura mi teoría, mis matemáticas y mi lenguaje cuadrado.
Y ahora escribo, escribo porque me enamoré, escribo porque
esa pequeña libélula me recordó que la maravilla del mundo no está en lo
racional ni en los ensayos sino en la poesía.
Escribo porque me enamoré, sin darme cuenta, de una pequeña
y maravillosa libélula.
