domingo, 3 de marzo de 2013

Sin darme cuenta*

Empiezo a escribir, sin darme cuenta, aunque no sea lo mío, porque no me di ni cuenta cuando me enamoré y aunque no fuera lo mío, así sucedió.
Escribir es más demente que enamorarse, dicen, y sin embargo empiezo a escribir, sin darme cuenta…

Este arte no es mi área, escribir no es siquiera cercano a mi área, no soy artista, ni mucho menos intelectual, no me ando con rodeos, toda mi vida trabajé con las matemáticas, es más fácil, ellas no hacen preguntas, ellas solucionan en función de lo que se les pide, no se enrollan, no sienten, no piensan y sin embargo funcionan cómo si estuviesen vivas y con ellas no tengo problemas; no tenía problemas.

Bueno les cuento mi rollo, ya les dije, me enamoré, pero no fue un amor cualquiera, fue un amor intenso que me hizo cambiar, un amor poco común. Me enamoré y por eso hoy día, escribo y sin siquiera darme cuenta…

Hace un tiempo, empecé a estudiar a los animales, quería proponer una nueva teoría, una, que nadie había pensado antes, tal vez encontrar el nuevo esquema para entender el número pi o en una de esas encontrar una teoría que pudiese llegar a producir más revuelo que la mismísima teoría del caos, no importa ya, nunca lo sabré y ustedes tampoco, porque ya no tiene sentido hablar de ella.
Digo de ella, porque tuve en mis manos una teoría…
La cosa, es que estudiaba yo, mayoritariamente, a los insectos, más aún, a la libélula. Su conformación corporal y su perfección en las alas, la volvían el eje de mi estudio y mi nueva teoría.

Fui a miles de museos, leí, leí, leí y leí, libros de matemáticas, libros sobre la libélula, sobre cuánto pesa, sobre cuanto mide, sobre qué come, sobre cómo se reproduce, me encerré a leer por meses, la investigación iba bien y estaba a punto de sacar adelante mi teoría.
  Fue tanto lo que me convencí de que lo tenía, que dejé de ir a la universidad -¿Qué importa?- pensaba- total, voy a ser un genio…
Me creció el pelo y mi barba estaba casi al punto en el que parecía un viejo pascuero y con los días empecé a olvidar ducharme, incluso uno que otro día estoy seguro de que olvidé comer. Había que entender cada milisegundo de la evolución de la libélula y analizarla matemáticamente, no había tiempo para comer. Estaba seguro de que ganaría todo concurso, de que sería el próximo Einstein, pero más importante descubriría uno de los mitos de la naturaleza, explicaría matemáticamente esas cosas que nadie era capaz de entender.

Llegó el día en que mi teoría estuvo lista para ser presentada, tenía que ver con el movimiento de las alas, con el vuelo de la libélula.

 Primero quise la aprobación de un hombre a quién admiraba y que me era cercano, el profesor Roberto. Él era el más cercano a los alumnos, siempre disponible, siempre listo, siempre apoyaba esta clase de proyectos.
Al profe Roberto lo había conocido en la universidad y él me había dicho una vez que la pasión que tenía por las cosas y mi leve grado obsesivo, me llevarían al éxito, sin duda.
Lo llamé, se sorprendió al saber que era yo, me recriminó no haberle llamado antes y me dijo que la universidad no se dejaba sin dar aviso de aquello, algo enojado lo sentí, y dijo no entender la poca responsabilidad, de todos modos quedamos en reunirnos.
En un café que quedaba por ahí por Colón con Tobalaba, ni siquiera recuerdo el nombre del café.
Recuerdo que salir de mi escritorio fue extraño, cómo si dejase atrás algo muy importante, algo así como dejar la cuna. Me duché, me afeité mi larga barba, que a esas alturas, tuve que cortar con tijeras, me puse algo de desodorante y un poco de colonia, busqué ropa, que no fueran los cómodos calzoncillos que había usado los últimos 5 meses y salí.

Bueno y les cuento mi problema,  y para aquellas mujeres que no crean que nosotros los hombres también somos capaces de sentir o de enamorarnos a primera vista, les cuento que sí, somos totalmente capaces, de sentir amor y de llorar y de actuar sin pensar, lamentablemente, somos capaces.

Salí de mi casa, decidido, repasando una y otra vez cómo le presentaría mi teoría al profe Roberto, primero de tantos a quiénes presentaría después.  
     Al salir, me azotó la luz del día en los ojos, encandilando hasta mi cerebro, había olvidado el ruido de los autos por lo que el miedo me invadió al escuchar el rugido de éstas máquinas endemoniadas y había olvidado que la gente es derechamente antipática, no sólo te miran feo, son antipáticos; los edificios me parecieron enormes cómo monstruos grisáceos y la calle parecía que se derretía con el sol.

Antes de subir al metro quise sentarme en una plaza, quise sentir el pasto en mis pies, era de las cosas que más echaba de menos.

He aquí que apareció campante mi problema…
Cómo nadie lo había llamado, o tal vez cómo había sido llamado por meses, se dio la libertad de aparecer sin mínimo aviso.
Así apareció ella volando lentamente hacia mí, tanto de ella sabía y sin embargo todo lo había olvidado,  cómo movía sus alitas,  con rapidez y con tanta elegancia. Pasa que en los museos no alcanzas a ver la vida, en los libros es imposible encontrar esa chispita de luz, ese reflejo que se produce en sus alas.
      Se posó entonces, esa pequeña libélula en mi carpeta de presentación, y sin darme cuenta me enamoré, profundamente, olvidé todas las cifras, todos los números y me enamoré, me enamoré de ella, de esas alitas campantes que a diferencia de en mis libros o de mis museos se movían.
Me enamoré de ella, me enamoré de la vida que traía y me hizo botar a la basura mi teoría, mis matemáticas y mi lenguaje cuadrado.

Y ahora escribo, escribo porque me enamoré, escribo porque esa pequeña libélula me recordó que la maravilla del mundo no está en lo racional ni en los ensayos sino en la poesía.
Escribo porque me enamoré, sin darme cuenta, de una pequeña y maravillosa libélula.