Desde hace una
hora el mentiroso compulsivo está en la terraza , rodeado de gente, tontos que
le creen cada una de sus increíbles aventuras. ¡Miren! ¡Navegó los siete
mares!, si no es Simbad el marino, ¡Enamoró a una princesa, siendo
extremadamente pobre!, ¿no es ese Aladino?, tal vez, si dijera que fue, junto con Colón,
quién descubrió américa, le creerían, pero si hasta le creen que vivió en la
selva, cual si fuera Tarzán.
A veces tiendo a
creerle su cuento y es que tiene una manera de narrar que te hace dudar de su
verdadera realidad, ¿Será que es, en verdad,
un trapecista de circo?, ¿Será que ha visto ninfas en los bosques
de un lugar remoto?, pero si ni siquiera
sus amigos más cercanos saben su verdadero nombre, su edad o conocen a su familia.
Ellos viven en Europa, suele explicar, los
va a ver una vez al año, en navidad, el amor que se tienen es enorme y no
tienen problemas.
Los ingenuos que a
su alrededor se sientan, lo conocieron un verano hace dos años, en una fiesta,
en la cual, nunca paró de hablar. Desde entonces suelen salir, pasear, ir al
cine, hacen todo juntos.
A diferencia del
mentiroso, quiénes le escuchan, tuvieron vidas regulares, nacieron, fueron al
colegio y en la Universidad se graduaron y hoy viven devorados por sus rutinas,
aburridas, infelices. Es por eso que necesitan las historias del mentiroso, con
ellas rellenan sus vidas vacías.
El mentiroso
forma parte de mi cuerpo, no soy yo, es una parte de mi pierna que se tensa y
que no puedo dejar de mover, un zumbido en mis oídos que no dejo de escuchar,
son mis labios que se mueven y no terminan nunca las eternas historias y no
está feliz nunca hasta que todos los ojos de la habitación lo miran con
brillante ilusión y oscura envidia.
El mentiroso
compulsivo sigue en la terraza, no termina de hablar nunca y a veces yo, tiendo
a creerle su cuento.
De pronto, suena
el timbre, uno de los insignificantes se levanta y se ofrece a abrir la puerta.
Los dueños de casa se lo agradecen, debe ser el último invitado. La historia se interrumpe.
Me levanto, y
conmigo la mentira, que son mis pulmones, pregunto dónde está el baño y camino
hacia él.
Entro por una
puerta, que tiene una manilla antigua en la cual está tallada la cara de
Medusa. La miro, la acaricio, giro la manilla y entro.
Me miro en el
espejo y me pregunto ¿Qué es lo que estoy haciendo? Todos van a darse cuenta tarde o temprano, de que yo soy el
mentiroso compulsivo, sentado en su terraza, llenando con mis mentiras su vida.
¿Qué es lo que estoy haciendo?
El espejo
comienza a temblar, a tambalear, a hacerse poco estable, como si fuera de agua,
el espejo se acerca a mi cara y miro dentro de él y me veo a mi mismo, vestido
de diferentes telas. Parece un disfraz malformado, visto un taparrabo como
Tarzán, los zapatitos curvados de Aladino y la chaqueta de un marino, cual
Simbad. Me llaman desde adentro del espejo, por lo que entro en él, me están
llamando para hacer mi show, soy el trapecista de un circo, con la cara pintada
de blanco y un gorro negro, camino hacia quién me llama y veo a los payasos y
seis jaulas: con leones y tigres, bailarinas de ballet y malabaristas con
fuego.
Me llama el dueño
del circo y se enfurece de lo tarde que vengo y por el disfraz que traigo, me
manda al probador, diciendo que me apure. Yo no entiendo que sucede.
Entro al
probador, siguiendo las órdenes y me encuentro con un par de abuelitos y una
niña de unos 15 años, ellos dicen ser mis padres y la niña, mi hermana, muy
felices me recuerdan que es Navidad y que no podemos pasarla separados, pero yo
no los conozco, les digo, nunca tuve familia, no sé quiénes son, mis padres
murieron cuando era niño. Ellos asustados y enojados me acusan de mentir, de
estar nervioso por subirme al trapecio y me recuerdan que debo apurarme.
Salgo del
casillero, cada vez estoy más confundido, encuentro una escalera que sube hasta
el décimo piso del cielo, me aterra subir, nunca he sido un fan de las alturas,
pero me presionan los ojos enfurecidos del dueño del circo, comienzo a subir,
subo y subo y subo, al mirar abajo veo a la familia expectante y un par ninfas
alrededor del público que mira mi subir con atención.
Una vez arriba,
me acercan un trapecio, lo tomo con las manos, llenas de tiza y miro abajo,
muy, muy abajo, hay una red, pero parece tan poco segura, agarro el trapecio
con fuerza y pienso en saltar, pero no lo hago.
Me viene un
pánico desde el estómago que paraliza cada uno de mis músculos y me hace doler
los huesos, me quedo quieto y escucho al dueño del circo gritar desde abajo:
¡Maldito! ¿No eres un trapecista profesional? ¡Tírate!, estamos todos
esperando.
Todos los ojos de
la habitación me miran, con brillante ilusión y oscura envidia, entonces se me
resbala el trapecio y veo como cada uno de ellos deja poco a poco de mirarme y
grito: ¡Me voy a tirar! ¡Devuélvanme el trapecio!.
La mujer lo
balancea desde el otro lado y vuelvo a tomar el trapecio. Nuevamente mis
músculos duelen y mis huesos se vuelven pesados, de pronto el dueño del circo
grita: ¡Mentiroso!
Cada una de las
personas en el público lo sigue y uno a uno comienzan sus burlas y críticas, de
pronto resbalo y caigo en picadas, directo a la red sin fondo.
He golpeado el
espejo.
Salgo corriendo
del baño, quiero contarles a los que están en la terraza lo que acabo de ver
pasar en el espejo, explicarle a los dueños lo que le pasó al espejo de su
baño.
En lugar de eso,
el mentiroso compulsivo sale a la terraza con las manos llenas de heridas,
chorreando sangre y explica, que pensó seriamente en matarse allí adentro, pero
que no pudo hacerlo por su bella familia y maravillosos amigos.
Ninguno de los
inocentes e ilusos le toma mucha atención, algo más ha surgido, son los hombres
que abajo luchan sin parar, unos contra otros. Luego de decirle que se quede
tranquilo, los invitados le comentan esta situación. Yo me quedo mudo, miro mis manos y busco confort
para limpiarme, cuando vuelvo miro como los insignificantes están sentados en
la misma terraza, y veo que se aleja de mi, el mentiroso compulsivo, se va del
departamento y corre y corre, hasta que se suma al grupo de hombres que corren
calle abajo.
