lunes, 24 de septiembre de 2012

Rojizo, Café, Calipso y Dorado :*


Desde el estómago sintió como ardía,  las entrañas se le quemaban y los pulmones de humo se llenaban.
Sintió el calor del olvido que le carbonizaba los huesos, sintió como todo en ella se volvía fuego hasta el oxígeno.
De su alma enfurecida nació la rosa que la pinchó con cada una de sus espinas, de su mano salía sangre caliente, sangre hirviendo, sangre burbujeante y en ella  se cocinaba la rosa cómo el más mortal veneno.
Pero ella seguía siendo hermosa, envuelta en el dolor más grande seguía teniendo esa mirada, rojiza, café, calipso y dorado.
Se estaba quemando, cómo las promesas se queman en las cartas de amor, cómo se quema el último de los fósforos al prender un cigarrillo, cómo se quema la fogata del más helado monte al lado del vago solitario.
Las lágrimas congeladas, caían por su cara dejándole pequeñas heridas. Dicen que cuando el calor es demasiado se siente frío, ella tiritaba, desde lo más hondo, pero no por frío.
Le ardía el pecho, le ardía el cuerpo, le ardía el alma y le ardía el pelo.
La cara pálida, los ojos negros, el pelo desteñido, las manos sangrantes, los labios descascarados y ella seguía viéndose bella, nadie podía entenderlo, pero su majestuosidad no era física, era algo que iba más allá.
Y al final, ¿Qué importa si se veía bella?
Se veía en paz…
Se veía en armonía, pero se quemaba por dentro, todos lo sabían. Nadie quiso acercarse, pero todos la miraron a los ojos, de ellos salía vapor y agua… cómo llovían.
Todos con ella lloraron y de la rosa un pétalo para cada uno sacaron, por ella se hizo el más grande carnaval, todos llevaron máscaras al borde del acantilado, dónde se la vio sufrir el fuego; los enmascarados la odiaban por su largo sufrimiento y la amaban por su dulce mirada.
El frío y la angustia la hacía remecerse, todo le ardía y gritaba, pero más parecía un canto, un canto que pasaba por los tonos más bajos y más agudos, así la soprano parecía chillar y los contrabajos de su voz le hacían honor a la tierra en sus lugares más oscuros, las cuevas y los demonios.
Se revolcaba de dolor ella, la del pelo oscuro, sin una vaga idea de quiénes la rodeaban, tanto era el polvo que levantaba su pataleta, que ahora sólo veía gris.
Este era el espectáculo que se vivía a orillas del acantilado, en las afueras de la ciudad, los enmascarados marchaban y danzaban al ritmo de la triste queja, de la bailarina de suelo que ardía en su propia angustia.
El polvo alborotado se despertaba y las cenizas del inframundo se levantaban lentamente, ella no veía nada, el polvo y las cenizas no la dejaban ver, con un rayo de claridad vio el acantilado y cómo iba a caer inevitablemente.
Se tiró en picadas por el acantilado, tiempo de madurar, decisión tomada, segura y con fuerza.
El viento le acarició la cara y sintió como su cuerpo se llenaba de plumas, al verlas notó su color, negro cómo el ébano y de pronto sintió que el aire las acariciaba suavemente, sonrió y comenzó a llorar, ahogada por la caída.

El carnaval se detuvo y todos miraban este espectáculo, era ella sin duda, una ninfa de la vida, ésta que había arrastrado su cuerpo en cenizas y olvido, hoy volaba en picadas, envuelta en el negro y azulado resplandor de su cuerpo repleto de plumas, ella caía en picadas, era un espectáculo monstruoso y maravilloso de ver.
 De pronto el roce del viento comenzó a picarle sintió frío y sintió la mayor alegría, esta vez su fuego se desbordó, saliendo a través de la piel, quemando las nuevas plumas y todo debajo de ellas, esta vez sin dolor se incendiaba, en el cálido calor del hogar, del té y de la chimenea encendida.

Una bola de fuego cayó al río, incendiando sus alrededores, en los cuales más tarde crecieron las más bellas rosas sin espinas.
Los enmascarados miraron hacia abajo y vieron como el río se hacía de color rojizo, café, calipso y dorado. 
Así el carnaval nunca más se detuvo.
Fotografía por Cami Grimau Fuenzalida

martes, 18 de septiembre de 2012

Miradas de color neón


Signos:

Todo hace el amor con el silencio.
Me habían prometido un silencio como un fuego, una casa de silencio.
De pronto el templo es un circo y la luz un tambor.

Alejandra Pizarnik

A partir de Signos- Alejandra Pizarnik

Miradas de color neón

Entre las luces neón de tu habitación
Mirada tras mirada, nace en silencio,
Nace tranquila, esta cómplice y compleja unión

Que al ritmo de este amor arrítmico presencio.
Me habían prometido un silencio como un fuego
Más en nuestras secuencias juntas sentencio:

Que soy prisionera de este juego,
Y se juega con lentitud, silencio, seducción
Y nada, pero nada de ego.

Y voy, guardando cada respiración,
Todo hace el amor con el silencio
Todo hacen las pestañas, comunicación.

Una casa de silencio
Así comienza este acuerdo
Y a ti, de mí no diferencio

Jamás olvidaré lo que hoy recuerdo,
Y la luz un tambor,
Y para sellar el pacto te muerdo,

Se va mi espíritu volador.
y se olvida de las comunes pamplinas
me quedo en tu abrazo acogedor.

Pero tras bambalinas
De pronto el templo es un circo,
Y se iluminan todas las esquinas.


Luna Fuenzalida Lagies

domingo, 9 de septiembre de 2012

Baila, baila, baila, Bailarina..*


Algo tenía en los ojos, brillaban sin su habitual angustia, cantaban sin su común melancolía, su boca sonreía sin el brillo en los dientes que ilumina la felicidad y su corazón ya no latía por nada.

Alguna vez sintió… ya no…

Conocía el espiral de demonios que los doctores habían llamado depresión,  conocía las voces que susurran gritos al oído cuando la oscuridad parece eterna, conocía el éxtasis que produce el amor cuando supera nuestros sentidos y el tiempo parece perderse en las miradas, conocía la escalera al cielo que algunos llaman tan banalmente felicidad, sabía que dentro de ella existía el fuego del deseo y el hielo de la pena, ese que se derrite en los ojos cuando no podemos más. El cemento la había aplastado más de una vez y su alma había tenido las aladas ilusiones que un hombre botó al basurero, esas que a primera hora recogió el camión de la basura para triturarlas y llevárselas lejos.

Había querido dejar de sentir tantas veces, había sentido tanto, había sentido todo y más, la ira le había comido la razón y consumido las entrañas, había visto rojo, había visto negro, había visto el verde esperanza y el amarillo de la tranquilidad, pero ahora la hoja estaba en blanco, en un gris confuso, pálida, vacía, transparente, sin letras, sin lágrimas ni sonrisas...

Ese día ella era un robot, llevaba así un tiempo, tantas veces había soñado con estar así, insensible, dopada y ahora que los sentimientos y las emociones habían desaparecido ella estaba desesperada por encontrarlas de nuevo…

Hizo todo para volver a sentir, hizo lo que pudo, todo para volver a llorar, todo para sonreír de verdad, todo para volver a cantar desde el alma, todo para salir de su cascarón, pero nada, nada sentía…
Su corazón ya no latía y su alma era un plomo, desesperada recurrió a los árboles del bosque, a las ranas de los lagos,  al sol de medio día, a la brisa de mañana, pero nada, nada sentía, antes hasta el rocío congelado en el pasto le era motivo de sonrisa o de llanto, hoy nada, no había caso…
Llegó al dolor físico y forzando su cuerpo intentó sentir algo en el nivel más hondo, pero nada, ni el mínimo latido arrítmico en el corazón rutinario.

Vagó su alma dentro del cuerpo, perdió las ganas, perdió su voz, perdió su luz, perdió su razón, perdió la cabeza y perdió la personalidad…
Y así se empezó a quedar sola, todos se aburrieron, se empezó a secar desde el fondo, a perder el líquido que bombea nuestras emociones y terminó por vagar con la mirada perdida alrededor de los campos, asustando a quién la veía…

Su piel comenzó a secarse y lentamente a descascararse, a caer de a poco, de a pedazos. Perdida, blanca y desarmada comenzó a vagar por los bosques y así fue como pasaron largos días y eternas noches, largas noches y eternos amaneceres, cortos amaneceres y eternos ocasos, y ahí seguía caminando, sin decisión, sin fuerzas, apenas levantaba los pies del suelo, pero caminaba, mientras su piel caía a pedazos y sus ojos orbitaban en alguna otra realidad.

Una noche vagaba por el bosque de las ninfas cuando se encontró con un lago, a orillas de este, un muelle hacía compañía a la noche.
 En el cielo la luna brillaba como nunca antes la había visto y de pronto miró al agua, suspiró por primera vez en muchísimo tiempo y con voz tenue y rasgada, como quebrada, dijo: 

“La luna está alumbrando…
a ese hombre bailando”
Al decir estas palabras, de su boca comenzó a salir una luz de color neón y el resto que quedaba de su piel gris terminó de caerse, en ese preciso momento volvió, en ese momento despertó, ahí volvió a sentir y sintió rabia, sintió el dolor, sintió la soledad y la alegría de estar de vuelta…
Renació…
Y comenzó a girar y a girar y girar y daba vueltas hacia un lado y daba vueltas hacia el otro, la piel se salía y comenzaba a encerrarse en una nueva, llena de brillo, llena de lágrimas, giraba, giraba y volvía a girar y bailaba, bailaba con todo lo que tenía y sonreía y las lágrimas le llenaban la boca de inspiración y miraba a la luna y miraba nuevamente el lago, aquellas diosas que le habían de vuelto la vida, la luna y el agua.
Y así se hizo de agua, se hizo de fuego, se hizo de viento, se hizo de la luna y del ocaso y cuando por fin volvió a la vida se sentó en el suelo y miró con emoción al lago, todo lo que había visto era un reflejo, nadie había bailado más que ella, sólo era la luna reflejada en el lago…

Para aquellos que aprendieron a bailar con la vida, con el ocaso y con la luna reflejada en los lagos…