Desde el estómago sintió como ardía, las entrañas se le quemaban y los pulmones de
humo se llenaban.
Sintió el calor del olvido que le carbonizaba los huesos,
sintió como todo en ella se volvía fuego hasta el oxígeno.
De su alma enfurecida nació la rosa que la pinchó con cada
una de sus espinas, de su mano salía sangre caliente, sangre hirviendo, sangre
burbujeante y en ella se cocinaba la
rosa cómo el más mortal veneno.
Pero ella seguía siendo hermosa, envuelta en el dolor más
grande seguía teniendo esa mirada, rojiza, café, calipso y dorado.
Se estaba quemando, cómo las promesas se queman en las
cartas de amor, cómo se quema el último de los fósforos al prender un
cigarrillo, cómo se quema la fogata del más helado monte al lado del vago
solitario.
Las lágrimas congeladas, caían por su cara dejándole
pequeñas heridas. Dicen que cuando el calor es demasiado se siente frío, ella
tiritaba, desde lo más hondo, pero no por frío.
Le ardía el pecho, le ardía el cuerpo, le ardía el alma y le
ardía el pelo.
La cara pálida, los ojos negros, el pelo desteñido, las
manos sangrantes, los labios descascarados y ella seguía viéndose bella, nadie
podía entenderlo, pero su majestuosidad no era física, era algo que iba más
allá.
Y al final, ¿Qué importa si se veía bella?
Se veía en paz…
Se veía en armonía, pero se quemaba por dentro, todos lo
sabían. Nadie quiso acercarse, pero todos la miraron a los ojos, de ellos salía
vapor y agua… cómo llovían.
Todos con ella lloraron y de la rosa un pétalo para cada uno
sacaron, por ella se hizo el más grande carnaval, todos llevaron máscaras al
borde del acantilado, dónde se la vio sufrir el fuego; los enmascarados la
odiaban por su largo sufrimiento y la amaban por su dulce mirada.
El frío y la angustia la hacía remecerse, todo le ardía y
gritaba, pero más parecía un canto, un canto que pasaba por los tonos más bajos
y más agudos, así la soprano parecía chillar y los contrabajos de su voz le
hacían honor a la tierra en sus lugares más oscuros, las cuevas y los demonios.
Se revolcaba de dolor ella, la del pelo oscuro, sin una vaga
idea de quiénes la rodeaban, tanto era el polvo que levantaba su pataleta, que
ahora sólo veía gris.
Este era el espectáculo que se vivía a orillas del
acantilado, en las afueras de la ciudad, los enmascarados marchaban y danzaban
al ritmo de la triste queja, de la bailarina de suelo que ardía en su propia
angustia.
El polvo alborotado se despertaba y las cenizas del inframundo
se levantaban lentamente, ella no veía nada, el polvo y las cenizas no la dejaban
ver, con un rayo de claridad vio el acantilado y cómo iba a caer
inevitablemente.
Se tiró en picadas por el acantilado, tiempo de madurar, decisión
tomada, segura y con fuerza.
El viento le acarició la cara y sintió como su cuerpo se
llenaba de plumas, al verlas notó su color, negro cómo el ébano y de pronto
sintió que el aire las acariciaba suavemente, sonrió y comenzó a llorar,
ahogada por la caída.
El carnaval se detuvo y todos miraban este espectáculo, era
ella sin duda, una ninfa de la vida, ésta que había arrastrado su cuerpo en
cenizas y olvido, hoy volaba en picadas, envuelta en el negro y azulado
resplandor de su cuerpo repleto de plumas, ella caía en picadas, era un espectáculo
monstruoso y maravilloso de ver.
De pronto el roce del
viento comenzó a picarle sintió frío y sintió la mayor alegría, esta vez su
fuego se desbordó, saliendo a través de la piel, quemando las nuevas plumas y
todo debajo de ellas, esta vez sin dolor se incendiaba, en el cálido calor del
hogar, del té y de la chimenea encendida.
Una bola de fuego cayó al río, incendiando sus alrededores, en
los cuales más tarde crecieron las más bellas rosas sin espinas.
Los enmascarados miraron hacia abajo y vieron como el río se hacía de color rojizo, café, calipso y dorado.
Los enmascarados miraron hacia abajo y vieron como el río se hacía de color rojizo, café, calipso y dorado.
Así el carnaval nunca más se detuvo.
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| Fotografía por Cami Grimau Fuenzalida |



