Sentada en el glacial suelo del baño estaba ella, sentía
como un escalofrío la estremecía y la sacudía con fuerza. Sentía el miedo al
error y el terror satánico que provoca la angustia. Mientras pensaba:
“Es ahora, mi momento, es ahora. Tengo que brillar”
Miraba las luces a su alrededor, esas ampolletas llenas de
luz y brillo.
Como deseaba ser
feliz, como deseaba estar tranquila. Su cuerpo le pesaba y su corazón era una
roca, la garganta le hacía un nudo que comprometía a todo su cuerpo y a su alma.
Con sus manos se agarraba fuerte la cabeza y seguía con sus pensamientos:
“ Brilla, brilla, brilla. Brillan las luciérnagas, brilla el
sol de mañana, brillan los ojos de los enamorados, brillan las estrellas y la
luna, brilla la fluorescencia, brilla la blanca sonrisa de mi hermano, brilla
el rojo pelo de mi madre.
Aquí quiero el brillo, conmigo.”
Miró las luces del baño y se levantó con la fuerza que pudo
juntar, se miró al espejo y se vio en él, concentrada pensaba:
“Soy capaz, lo sé, necesito ser capaz. Nada en este mundo
puede dañarme, nada ni nadie en este mundo me pertenecen y nadie pertenezco,
debo brillar”
Cerró los ojos y al volverlos a abrir desde el espejo la
miraba otra persona, una persona que la asustó en un principio. Una mujer de su
exacta edad y estatura, pero más pálida, sin colores. Tétrica y sombría la
miraba fijamente a los ojos, curiosa.
De pronto, tocan la puerta.
-¿Qué pasa?- preguntó mientras desprendía la mirada del
espejo.
-¿Lyra?- preguntó una voz de afuera.
-¿Qué pasa?- preguntó nuevamente.
-Tu turno es el siguiente.
-Gracias.
Miró al espejo y nuevamente se vio a ella misma, entonces
pensó “Debo estarme volviendo loca”.
Salió rápidamente del baño, y luego del camarín estiró bien
sus piernas, hizo un relevé y al rato otro.
De pronto escuchó:
-Ahora veremos a Lyra Lisowska con su solo, de la Academia
Clásica de Ballet.
Lyra, se arregló el tutú y salió al escenario, estaba lleno
de gente, pero ella apenas podía verlo la encandilaba tanta luz.
Empezó a escuchar los susurros incómodos de la gente,
asustada comenzó a temblar, esperaba la música. De pronto miró los focos y notó
que estaban apagados.
La música comenzó y con ella. Lyra comenzó a girar,
concentrada en su baile, olvidó al mundo, el brillo, el público y el sufrimiento
del baño. Nada importaba estaba brillando, bailando sobre las nubes, elevándose
en la libertad de cada salto y subiendo en la pasión de cada relevé. De pronto
la música terminó y en su pecho repercutieron los aplausos de un público
asombrado, su respiración acelerada le secaba la garganta. Cerró los ojos, hizo
una reverencia y cuando los abrió, los focos estaban prendidos, miró sus manos
y notó que no estaba brillando, pero no le importaba, su corazón brillaba como
nunca antes. Miró al público que la aplaudía de pié y vio como los jerarcas del
gobierno comentaban su baile.
Mientras en la primera fila había una pequeña niñita. Rubia,
con unos grandes ojos, como cristales azules. La miraba impresionada. Su madre
la tomó de la mano y la entregó con la directora Instituto de Danza del Pueblo.
La madre miró a su pequeña y se quedó mirándola con tristeza.
La niñita, tomando la mano de su nueva mentora, una mujer de severo aspecto. Vio
como su mamá se alejaba, sin entender porqué caían lágrimas de sus ojos.
Camino a su camerino, la luz en Lyra, comenzó nuevamente a
debilitarse.




