Algo tenía en los ojos, brillaban sin su habitual angustia,
cantaban sin su común melancolía, su boca sonreía sin el brillo en los dientes
que ilumina la felicidad y su corazón ya no latía por nada.
Alguna vez sintió… ya no…
Conocía el espiral de demonios que los doctores habían
llamado depresión, conocía las voces que
susurran gritos al oído cuando la oscuridad parece eterna, conocía el éxtasis
que produce el amor cuando supera nuestros sentidos y el tiempo parece perderse
en las miradas, conocía la escalera al cielo que algunos llaman tan banalmente
felicidad, sabía que dentro de ella existía el fuego del deseo y el hielo de la
pena, ese que se derrite en los ojos cuando no podemos más. El cemento la había
aplastado más de una vez y su alma había tenido las aladas ilusiones que un
hombre botó al basurero, esas que a primera hora recogió el camión de la basura
para triturarlas y llevárselas lejos.
Había querido dejar de sentir tantas veces, había sentido
tanto, había sentido todo y más, la ira le había comido la razón y consumido
las entrañas, había visto rojo, había visto negro, había visto el verde
esperanza y el amarillo de la tranquilidad, pero ahora la hoja estaba en
blanco, en un gris confuso, pálida, vacía, transparente, sin letras, sin
lágrimas ni sonrisas...
Ese día ella era un robot, llevaba así un tiempo, tantas
veces había soñado con estar así, insensible, dopada y ahora que los
sentimientos y las emociones habían desaparecido ella estaba desesperada por
encontrarlas de nuevo…
Hizo todo para volver a sentir, hizo lo que pudo, todo para
volver a llorar, todo para sonreír de verdad, todo para volver a cantar desde
el alma, todo para salir de su cascarón, pero nada, nada sentía…
Su corazón ya no latía y su alma era un plomo, desesperada
recurrió a los árboles del bosque, a las ranas de los lagos, al sol de medio día, a la brisa de mañana, pero
nada, nada sentía, antes hasta el rocío congelado en el pasto le era motivo de
sonrisa o de llanto, hoy nada, no había caso…
Llegó al dolor físico y forzando su cuerpo intentó sentir
algo en el nivel más hondo, pero nada, ni el mínimo latido arrítmico en el
corazón rutinario.
Vagó su alma dentro del cuerpo, perdió las ganas, perdió su
voz, perdió su luz, perdió su razón, perdió la cabeza y perdió la personalidad…
Y así se empezó a quedar sola, todos se aburrieron, se
empezó a secar desde el fondo, a perder el líquido que bombea nuestras
emociones y terminó por vagar con la mirada perdida alrededor de los campos,
asustando a quién la veía…
Su piel comenzó a secarse y lentamente a descascararse, a
caer de a poco, de a pedazos. Perdida, blanca y desarmada comenzó a vagar por
los bosques y así fue como pasaron largos días y eternas noches, largas noches
y eternos amaneceres, cortos amaneceres y eternos ocasos, y ahí seguía caminando,
sin decisión, sin fuerzas, apenas levantaba los pies del suelo, pero caminaba,
mientras su piel caía a pedazos y sus ojos orbitaban en alguna otra realidad.
Una noche vagaba por el bosque de las ninfas cuando se
encontró con un lago, a orillas de este, un muelle hacía compañía a la noche.
En el cielo la luna
brillaba como nunca antes la había visto y de pronto miró al agua, suspiró por
primera vez en muchísimo tiempo y con voz tenue y rasgada, como quebrada, dijo:
“La luna está alumbrando…
a ese hombre bailando”
Al decir estas palabras, de su boca comenzó a salir una luz de color neón y el resto que quedaba de su piel gris terminó de caerse, en ese preciso momento volvió, en ese momento despertó, ahí volvió a sentir y sintió rabia, sintió el dolor, sintió la soledad y la alegría de estar de vuelta…
Renació…
Y comenzó a girar y a girar y girar y daba vueltas hacia un lado y daba vueltas hacia el otro, la piel se salía y comenzaba a encerrarse en una nueva, llena de brillo, llena de lágrimas, giraba, giraba y volvía a girar y bailaba, bailaba con todo lo que tenía y sonreía y las lágrimas le llenaban la boca de inspiración y miraba a la luna y miraba nuevamente el lago, aquellas diosas que le habían de vuelto la vida, la luna y el agua.
Y comenzó a girar y a girar y girar y daba vueltas hacia un lado y daba vueltas hacia el otro, la piel se salía y comenzaba a encerrarse en una nueva, llena de brillo, llena de lágrimas, giraba, giraba y volvía a girar y bailaba, bailaba con todo lo que tenía y sonreía y las lágrimas le llenaban la boca de inspiración y miraba a la luna y miraba nuevamente el lago, aquellas diosas que le habían de vuelto la vida, la luna y el agua.
Y así se hizo de agua, se hizo de fuego, se hizo de viento, se hizo de la luna y del ocaso y cuando por fin volvió a la vida se sentó en el suelo y miró con emoción al lago, todo lo que había visto era un reflejo, nadie había bailado más que ella, sólo era la luna reflejada en el lago…
Para aquellos que aprendieron a bailar con la vida, con el ocaso y con la luna reflejada en los lagos…



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