martes, 28 de agosto de 2012

El espejo y la bailarina.


Sentada en el glacial suelo del baño estaba ella, sentía como un escalofrío la estremecía y la sacudía con fuerza. Sentía el miedo al error y el terror satánico que provoca la angustia. Mientras pensaba:
“Es ahora, mi momento, es ahora. Tengo que brillar”
Miraba las luces a su alrededor, esas ampolletas llenas de luz y brillo.
 Como deseaba ser feliz, como deseaba estar tranquila. Su cuerpo le pesaba y su corazón era una roca, la garganta le hacía un nudo que comprometía a todo su cuerpo y a su alma. Con sus manos se agarraba fuerte la cabeza y seguía con sus pensamientos:
“ Brilla, brilla, brilla. Brillan las luciérnagas, brilla el sol de mañana, brillan los ojos de los enamorados, brillan las estrellas y la luna, brilla la fluorescencia, brilla la blanca sonrisa de mi hermano, brilla el rojo pelo de mi madre.
Aquí quiero el brillo, conmigo.”

Miró las luces del baño y se levantó con la fuerza que pudo juntar, se miró al espejo y se vio en él, concentrada pensaba:
“Soy capaz, lo sé, necesito ser capaz. Nada en este mundo puede dañarme, nada ni nadie en este mundo me pertenecen y nadie pertenezco, debo brillar”

Cerró los ojos y al volverlos a abrir desde el espejo la miraba otra persona, una persona que la asustó en un principio. Una mujer de su exacta edad y estatura, pero más pálida, sin colores. Tétrica y sombría la miraba fijamente a los ojos, curiosa.

De pronto, tocan la puerta.
-¿Qué pasa?- preguntó mientras desprendía la mirada del espejo.
-¿Lyra?- preguntó una voz de afuera.
-¿Qué pasa?- preguntó nuevamente.
-Tu turno es el siguiente.
-Gracias.

Miró al espejo y nuevamente se vio a ella misma, entonces pensó “Debo estarme volviendo loca”.

Salió rápidamente del baño, y luego del camarín estiró bien sus piernas, hizo un relevé y al rato otro.
De pronto escuchó:
-Ahora veremos a Lyra Lisowska con su solo, de la Academia Clásica de Ballet.

Lyra, se arregló el tutú y salió al escenario, estaba lleno de gente, pero ella apenas podía verlo la encandilaba tanta luz.
Empezó a escuchar los susurros incómodos de la gente, asustada comenzó a temblar, esperaba la música. De pronto miró los focos y notó que estaban apagados.
La música comenzó y con ella. Lyra comenzó a girar, concentrada en su baile, olvidó al mundo, el brillo, el público y el sufrimiento del baño. Nada importaba estaba brillando, bailando sobre las nubes, elevándose en la libertad de cada salto y subiendo en la pasión de cada relevé. De pronto la música terminó y en su pecho repercutieron los aplausos de un público asombrado, su respiración acelerada le secaba la garganta. Cerró los ojos, hizo una reverencia y cuando los abrió, los focos estaban prendidos, miró sus manos y notó que no estaba brillando, pero no le importaba, su corazón brillaba como nunca antes. Miró al público que la aplaudía de pié y vio como los jerarcas del gobierno comentaban su baile.
Mientras en la primera fila había una pequeña niñita. Rubia, con unos grandes ojos, como cristales azules. La miraba impresionada. Su madre la tomó de la mano y la entregó con la directora Instituto de Danza del Pueblo.
La madre miró a su pequeña y se quedó mirándola con tristeza. La niñita, tomando la mano de su nueva mentora, una mujer de severo aspecto. Vio como su mamá se alejaba, sin entender porqué caían lágrimas de sus ojos.
Camino a su camerino, la luz en Lyra, comenzó nuevamente a debilitarse.

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