Me rompo la piel
a pedazos.
Cuál serpiente
que cambia su piel por una nueva.
He cambiado. De
eso no hay duda.
Ayer alguien me
lo preguntó, alguien de bastante sabiduría y sensibilidad.
Hablábamos
nosotras de tiempos muy pasados, muy oscuros.
Yo dije que sí,
que había cambiado.
Sin dudar ni por
un segundo.
Sin embargo, noté
que no sólo había cambiado desde esos tiempos, sino que parece que vivo en un
constante cambio.
Hoy y sobre todo
hoy, me doy cuenta de que soy una guerrera y los guerreros tienen que cambiar
de piel, igual que las serpientes.
Tienen que
cicatrizar cambiando la piel, encontrar porqué pelear, aferrarse a la vida,
llorar sólo con gritos y sentir el mundo a través de sus heridas.
Eso he aprendido,
pero siempre lo tuve dentro.
Ha salido al
exterior, eso es lo que ha cambiado.
Sin embargo,
viene en mis sangre, en mis colmillos y en mis lágrimas.
La fuerza que
trae la historia de mi apellido, de mi padre y mis tíos.
Mi abuelo. Mi
abuela. El 73.
El dolor por el
que todos hemos pasado, el amor que nos tenemos.
Eso nos
transformó a todos en guerreros.
Hoy le agradezco
a mi abuelo, a quién no conocí; por regalarnos eso:
Ese amor, esa
fuerza, esa guerra.
La pasión con la
que pelea un Fuenzalida no es la misma pasión que sienten otros.
Primos, hermanos,
padres, tíos y abuelos, todos los que conformamos ésta enorme familia que tiene
más ramas que una enredadera.
Luchemos siempre
porque ese dolor y esa intensidad nos mantengan vivos, peleando como guerreros.
Fui un ave, hoy
soy una serpiente, mañana seré un lobo y pasado me transformaré en zorro.
Nadie sabe
realmente cual es el orden, pero siempre encontraré un tótem que me haga
compañía y me ayude a luchar y es en mi apellido que está inmerso ese tótem.

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