Hay gente que pasa su vida buscando la felicidad, yo fui de esas personas
la buscaba, la añoraba, la quería con todo mi corazón.
Irónicamente,
es una de las razones por las que más he sufrido, por no encontrarla en ninguna parte
por desesperar, por nunca llegar a puerto.
Igual, hubo efímeros momentos en los que pensé que la había pillado,
esa mirada, esa persona, ese lugar, esa materia, esa risa compartida
eran la felicidad,
pero para siempre pillarme nuevamente,
desilusionada o sola.
De que la vida no era suficiente o que la risa era muy corta.
Hubo otro tiempo en el que,
el vacío era tan grande y tan tortuoso,
que dejé de sentir,
esa sí fue dura...
No tenía pena, menos alegrías, todo era un constante puñal.
Llegué a extrañar el dolor.
Así llegué, después del trauma,
a darme cuenta de cosas diferentes.
Por lo menos para mí,
la eterna felicidad no existe, no existe el Paraíso ni el Edén,
ni nada en la tierra que se le parezca, no existe el amor inocente e imaginario
por lo menos para mí, no existe el cuento de hadas.
Esto me gusta,
me gusta darme cuenta de que hoy día decido yo,
yo decido que mi felicidad esta eternamente ligada al dolor,
que mi felicidad será sangrar amor,
seguir sufriendo de la forma más intensa.
Hoy decido yo,
que quiero ser feliz,
peleando con la fuerza de la guerrera,
mirando la muerte a la cara, con ojos de búho
y bailando como El Loco en el precipicio.
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