Mientras se sienta delante del teclado, escucha como las
teclas golpean la mesa moviendo por completo su escritorio.
La música suena y en sus oídos y le es imposible distinguir
entre el clickeo de las teclas y el tambor de la música.
Se sienta delante de su teclado, sabiendo que debe estudiar,
sus emociones se la comen y es por eso que empieza con rabia a golpear las
teclas, sin interrupciones, pocos borrones sólo vomitar y vomitar, siempre lo
hace… vomitar información.
La música baja su intensidad y ella respira un poco de
nuevo, siente su angustia, su melancolía y su odio, pero son sólo los residuos,
residuos de los gritos que no pudo soportar dentro y que tuvo que revelar hasta
quedar sin aire, esos que resonaron por toda la carretera y que sin embargo se
transformaron en silencio, al no ser escuchados.
Cuántos son los niveles de locura, de dolor, de falta, de
abandono y de ternura que se pueden sentir, cuánta falta hace expresar eso, eso
que no nos deja ser, que no nos deja volver.
Sabe que necesita su abrazo, ese abrazo que antes la sacó de
todo dolor, pero sabe también que no existen brazos tan largos como para
traspasar la distancia que existe entre el océano y su alma.
Sí, está todo perdido, pero por lo menos por ésta vez, ella
sigue escribiendo…
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