domingo, 12 de agosto de 2012

La Colgada.:*



Era entrada la noche y ella estaba sentada junto a un árbol en aquella plaza. Esa a la que solía ir cuando pequeña, dónde jugaba con su abuelo por horas.
Miró la hora con ansiedad. Ya los bares habían cerrado y la gente se había guardado en sus cómodas y acogedoras casas. La soledad y el frío abrazaban las calles, cómo fantasmas sin cara.
-En poco tiempo debiera amanecer-pensó y sacó de su mochila un cuaderno viejo. Lo abrió sin cuidado y comenzó rápidamente a escribir:

“ Desde este lugar oscuro, de dónde las cenizas me abrazan y me disfrazan de un payaso que, burlado por todos, se aleja corriendo. Nace un sentimiento. Más que un sentimiento, una extraña pasión. Las ganas de ser libre, de volar por encima de los planetas, cambiar todo en lo que me he convertido, cambiar el destino de las cosas, con una muerte. Como lo hace el ave fénix, quién se quema al morir para poder renacer de las brasas aún calientes. Con el final de todo como se conoce, dejando así atrás el temor a la muerte.
Es que ahora nadie danza conmigo el baile de esta vida. Nadie cuida de mis penas y nadie goza de mis alegrías. Es que, finalmente, han terminado por dejarme sola y así escribo estas líneas…
        Que del final de mis días nadie cuida, que de la ausencia de vida ya me he hecho parte. Sólo fantasmas y demonios cubren mi pasado. Que nada, que nada ni nadie hoy son importantes. Que no soy necesaria. Que si existe un Dios, una Diosa o una energía superior que aparezca. Que si alguien me ama, lea estas palabras, pero por ahora, aunque suene aterrador, no puedo seguir viviendo así.”

Luego la firmó y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta. Abrió la mochila y sacó la cuerda. Una cuerda aterradoramente fuerte que cumpliría con su destino final y sus deseos.  Sacó una botella de Whisky que había comprado en un bar un par de horas antes. Quedaba menos de la mitad, pero sin pensarlo dos veces comenzó a beber velozmente de ella. Tragaba y tragaba, mientras lloraba completamente resignada, sin angustias y sin temores.

Cuando la botella estuvo vacía, la tiró lejos y escuchó como los vidrios saltaban lejos y contemplando la belleza de los cristales brillando con las luces del alba, amarró la cuerda a la rama del árbol e hizo cuidadosamente el nudo.

Llorando aterrada, se subió a una rama. Entonces, notó la luz mortecina del alba. Se ató a la cuerda y se lanzó al vacío. Bruscamente, la soga dio un tirón, retumbando con fuerza al tomar el peso. Le costó respirar y estaba asustada.

Ella contempló el mundo. La vida daba vueltas. Todo giraba. La luz del sol le iluminó la cara.

Vio como el sol caía desde pueblo en que vivía, cómo el agua vencía la fuerza de gravedad y se quedaba quieta sin caer del lago de siempre que ahora cubría el cielo con una quietud ajena. Los árboles crecían desde sus hojas y flores hacia sus ramas subiendo finalmente a un tronco que terminaba en la tierra oscura.

Por un momento, sintió que era el ave fénix, que volaba y que caía. Nada de lo que conocía era tan bello ni tan real cómo esto, ninguna ciencia le había explicado tan bien el mundo. Nada la había hecho tan feliz, ningún lenguaje le había hablado tan fuerte como los pájaros que volando a ras de suelo cantaban. En su vida, nunca encontró cosas tan bellas, como la libélula que ahora veía, tenía su helicóptero bajo ella y giraba y giraba con sus patitas hacia arriba, nadie jamás le mostró el camino como ahora, las hormigas caminaban por el cielo. Tomó aire profundamente y lo dejó ir…


De repente los colores se empezaron a confundir y unos puntos negros le molestaban en la vista, comenzó a marearse. Llevaba ya 30 o 40 minutos colgando de cabeza, amarrada de un pie y el tobillo le ardía bastante.

Se desamarró y bajó con cierta dificultad del árbol. Comenzó a caminar. Le dolía el tobillo todavía marcado por la cuerda, pero era lo único que le dolía.



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